SEGUNDA PARTE


Sabía de la profundidad de mi pregunta, que siempre hago en mi consulta como primera entrada, y a la cual responden la mayoría de mujeres en el acto casi sin pensar, con miedo muchas veces a que las paredes y los fantasmas de la herencia cultural fuesen a juzgarlas.
 “¿ Por qué es precioso crear un ser que vas a amar?”, “porque es la ley de la naturaleza y siento el llamado”, “porque estoy llena de amor y quiero entregarlo”, o “porque se me hace tarde”. Esta última respuesta la hace la gran mayoría, y la gran mayoría de mujeres que responden esto, llevan tiempo intentando quedarse embarazadas.

— Tengo que pensarlo —, esta fue su respuesta mientras sujetaba la taza con las dos manos y perdía la mirada en el té verde que seguía soplando mientras pensaba.

En la delicadeza de su rostro pude percibir palpitaciones en sus mejillas y hondas de tristeza en sus labios que parecían estar secándose como si un remolino marino la estuviese empujando al centro de su interior y ella fuese desapareciendo. Cerró sus ojos como concluyendo su aspiración total y entonces cayó su primera lágrima.
La sentí como la primera lágrima, porque parecía haber sido una lágrima contenida en el tiempo. Una lágrima de esas que se guardan con recelo. La lágrima que contiene todo el arsenal de emociones, frustraciones, silencios, gritos ahogados, desgarros en el tórax y la asfixia que provoca la abdicación.

Sus labios largos tomaron forma de montaña y su barbilla temblaba.
Creo, que a pesar de las tantas veces que nos habíamos visto, esta vez sentía vergüenza de abrir los ojos y sentirse confesada frente a mi.

Y  ahí estaba yo, yo y mi tara frente a las emociones que me tocan el alma, “cuando algo me llega muy adentro me quedo sin voz”. Sin voz como si  pequeños duendes pusieran una placa metálica en mi garganta, pero mi deseo de hablar es tan grande que mi cerebro entra en crisis nerviosa y las ideas se confunden.

En mi desorden mental, había una claridad, y era que la entendía, y entenderla me provocaba unas ganas terribles de llorar, de llorar a mis abuelas. Una que casaron a los 16 y tuvo sus hijos sin saber si quiera como se hacían, de llorar a mis tías, unas porque fueron madres muy jóvenes y otras porque nunca los pudieron tener, de llorar a todas las mujeres que hoy guardo en mis membranas y en mis memorias. Mujeres, que hoy siguen sufriendo el peso de no haber disfrutado de una maternidad elegida inconexa con su realización personal.



— Desean algo más señoritas — la frase del camarero sonó como el timbre del colegio para regresar a clase. Rosario dibujó una sonrisa practicada, yo miré la hora en el teléfono, esperando que fuera más tarde de las 12 para justificar que ya era buena hora para pedir una caña.
— Sí, una cerveza por favor — la sonrisa practicada de Rosario se tornó más honesta y terminó en carcajada.
— ¿Una caña?, jajaja ¡que buena eres! venga yo me tomo otra.

Ese señor, aún no sabe el bien que nos hizo aquel día. Fue como la primera bocanada de aire que respiras después de hacer apnea bajo el mar.

La caña nos derivó a temas de alimentación que tratamos de forma ideológica debatiendo sobre el futuro de los bosques, la tierra, los animales y de la humanidad,  que desembocó en el tema de los hijos.

— ¡Otra caña por favor!
— ¡Que sean dos!.
— No lo sé, y me duele tanto no saberlo, me duele tanto no saber por qué quiero ser madre, cuando en realidad me ilusiona tanto. Y si me pongo a pensar qué es lo que me ilusiona, me vienen imágenes siempre  en las que  mi rostro está plácido o sonriente, vital como si la vida no hubiese pasado sobre mí y fuera infinitamente feliz. Los filtros en los que me visualizo son siempre claros y soleados, y puedo ver a una mujer en paz, pero pocas veces en estas visiones veo a mi hijo, y pocas veces veo a mi marido. Tengo 39 años Natalia, de los cuales 10 he vivido en la inercia, en una sobredosis de apatía conformista, como drogada de desilusiones y fantaseando en la ducha con la esperanza de que esta vida que me había montado iba a ser momentánea y que algún día mi novio llegaría a casa con un gorro de lana en la cabeza y una mochila de viaje con billetes para dar la vuelta al mundo y emprender un viaje sin retorno, y que yo sacaría mis cámaras de fotos , una libreta un boli y viajaría sin equipaje.
— ¿Un gorro de lana?
— Sí, me gusta la montaña
— Yo en cambio soy más de mar, de sal, de mango y pies descalzos, pero perdona, te interrumpí.

El rostro de Rosario parecía haberse destensado un poco, como si fuese saliendo del limbo que le provocó mi pregunta y su rostro retomaba su color citrino.


— Es tarde — dijo ella, como agotada por dentro y por fuera, como sacudida y desbarajustada por una tormenta de arena en medio del desierto, tengo que regresar a casa, esta noche tenemos una cena y creo, que antes de cualquier acto social, hoy más que nunca necesito hablar con Alberto, hablar desabrochándonos por dentro. Yo invito Natalia.

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