PRIMERA PARTE

Su nombre era Rosario, un nombre que le venía al pelo, cuando con el tiempo descubrí cuantas partes diferentes de su personalidad convivían en su interior.
 Rosario llegó cabizbaja, ojerosa, con ese rostro citrino que desvelan los angustiados, los endeudados, los mentirosos o los como ella, exánimes.

 Entró en mi consulta incrédula y vacilante. Es el tipo de persona que termina las frases de los demás y asiente a todo mientras hablas. 
Empezamos, para su sorpresa, hablando de su infancia, luego de sus padres, de sus deseos de adolescente y sus sueños de universitaria. Sin darse cuenta, Rosario se ahogó en historias y pasajes de su vida entre silencios melancólicos y carcajadas nerviosas.

Se tapaba la boca con las manos cuando se reía y miraba hacia a la izquierda cuando el nudo de la garganta vaciaba de sus ojos alguna lágrima.

Mientras Rosario desembuchaba ajetreada, como quien saca de su bolso todo hasta que encuentra las llaves de casa, yo  escuchaba con empatía  y de vez en cuando miraba el reloj de la pared para comprobar el tiempo y asegurarme que, sin cortarla de tajo, conseguiría hablar antes de finalizar la hora sobre calabazas y algas.

Pero pasó la hora, la hora y cuarto y la hora y media, y Rosario apenas llegaba a noveno grado cuando dio su primer beso y sin querer mordió el labio del chico y este no le volvió a hablar. Una tragedia.

— “Rosario, no quisiera detenerte, es más, te propongo un té la semana que viene, fuera de consulta. Pero ha pasado una hora y mi deber me dice que hablemos de tu salud, y busquemos llaves para ayudarte en las cuestiones que te inquietan”.

Rosario se paralizó y suavemente se acentuó un rosa pálido en sus mejillas.

— “¡Madre mía que rápido ha pasado el tiempo! ya ves, una que se pone a hablar y se olvida que tiene compañía”.


                                   

Entonces, la adoré.

Tal y como le propuse, quedamos a tomar té la semana siguiente, con el fin de ponernos serias a buscar la dieta más adecuada para mejorar la calidad de su aparato reproductor, que durante más de tres años le había negado la posibilidad de ser mamá.

En aquella velada, que no fue la última, descubrí tras el rostro citrino, una fuente inagotable de energía. Sus historias levantaban mis piernas de risa y otras veces me hacia viajar a los más altos picos y bloquear el parpadeo de pasión y aventura.
Rosario era sin duda un torbellino feliz, audaz y anárquico. Claramente, su vida hasta hacía una década, había sido semejante a la vida de Alexandra David-Néel. Quedar con ella, unas veces de forma oficial y otras extraoficialmente, evocaron mi deseo de amar apasionadamente, de viajar más y saltar las olas del mar desnuda y sola en plena noche.

Pero esas, eran todas historias anteriores al primer trabajo serio que cambió su vida.

Su espíritu aventurero la llevó a estudiar periodismo. Ella quería escribir   historias reales   en alguna sección de un conocido periódico republicano, y que sus lectores enloquecerían y dejaran sus vidas rutinarias para emprender viajes por amor o justicia.

Pero empezó con humildad editando en una revista de su localidad, que hablaba por encima de nuevas tecnologías, dieta sana y la ultima noticia del corazón. Allí conoció a Alberto, un redactor amuermado en su trabajo, pero gracioso como ninguno   fuera del contexto oficina.

Alberto enamoró rápidamente a Rosario, que en poco tiempo se aburrió de la vida y mendigaba las risas y las cenas baratas en el bar del centro, que combinaba platos de toda la vida con alguna salsa exótica hecha a base de jengibre y guindilla, sabores que recordaban a Rosario sus viajes cuando aún su espíritu se sentía intrigado por los misterios del mundo.

Se fueron a vivir juntos,  a Rosario la despidieron por su apatía a los dos años, con un finiquito ni fu ni fa, cobró el paro un tiempo y luego encontró trabajo en una empresa que fabricaba telefonillos, como comnunity manager.
 Alberto siguió amuermado en su trabajo, y los años le quitaron el sentido del humor, más que nada porque ya no valía la pena.

Y cuando ya no había energía para reinventarse, el útero de Rosario hizo su llamado y gritó “¡oye! ser mamá es toda una aventura”. Y entonces se emocionaron con la idea de ser padres y desde entonces, hace ya 3 años, que luchan por serlo.



- Rosario querida, ¿y si hablamos de tu sexualidad?.

- Mi sexualidad es normal Natalia… es decir, hacemos el amor cuando estamos de ánimos.

-   ¿Y por qué haces el amor cuando estas de ánimos?, el amor se hace por amor, el amor inconmensurable y la admiración profunda y las ganas de vivir te generan deseo, y el deseo te lleva a hacer el amor.

-   Bueno, ya son años, y sabemos que con el tiempo la chispa se pierde… sin embargo la idea de ser papá nos ha devuelto esa energía sexual y nos esforzamos por hacerlo más que antes.

- Rosario… ¿tu por qué quieres ser mamá?



2 comentarios: