INQUIETUD



Ayer me fui a dormir pasada la medianoche y desperté para emprender mi viaje sobre las 04:00 am. Un vuelo a París, algunas horas probando todas las cremas del dutty free, un curioso  bol de quinoa fría con guacamole, un nuevo avión a Bogotá, un vaso de whisky para dormir, la piel seca, la manta eléctrica, mis vecinos, el último libro de Isabel Allende y mis pensamientos revolcados e insistentes con la inquietud que me genera el desafío al que se enfrenta la fertilidad de las mujeres y la tierra.

Intento concentrarme en mis pensamientos y sacarles partido, pero la algarabía que hay en el entorno, simplemente no me deja.

Pasados unos minutos, consigo por fin doblar la manta y enderezar el respaldo de mi asiento. Pido un vaso con agua - con limón, por favor - , busco mi portátil y aprovecho el asalto de energía para ponerme a escribir.

Siempre que subo a un avión, me planteo la posibilidad de que pueda caer, estrellarse o  desaparecer, como aquel avión de Malasya Airlines del que poco se explica y nada se habla. Este pensamiento  no altera en absoluto mis nervios, pero sí me pone a pensar en la vida, y es así como el camino de mis pensamientos se va organizando…







La primera vez que pensé que podía estar embarazada, y la idea me sobrecogía, no sé si de alegría o de pánico, fue a los 18 años. Hasta entonces siempre había utilizado preservativos. Fue una noche de lo más tranquila que cambiaría en cierto modo mi forma de ver la vida, pero sobretodo mi sexualidad. Es curioso como el sexo transforma tanto nuestra forma de ver el mundo.

En realidad, y lo recuerdo ahora con ternura y risa, ni siquiera fue un accidente, tan solo me aventuré a practicar la tan famosa marcha atrás, que simbolizaba un paso seguro en mi camino hacia la madurez ( jajajaja ).
Minutos después de la descarga sobre mi cuerpo de aquella sustancia de olor fuerte y pegajosa, la descompresión de todos mis músculos y el último suspiro que concluía con el antes y  después de mi vida, mi corazón, que debía por norma empezar a ralentizar su ritmo, tomó otra dirección y sin previo aviso arrancó a la carrera. En lugar de sentir el dulce calor del amor, sentí el frío que provoca el desamparo.
- ¡Oye… oye! Despierta!
- Ummm
- ¿No te has corrido dentro verdad?
- ¿Qué?! No!
- ¿Estás seguro?
- Claro que estoy seguro Natalia, ¡quieres relajarte!
- ¿Y si no te has dado cuenta, y si te has corrido dentro?
- ¿Qué? Va, déjame dormir un poco amor, y deja de pensar cosas raras.
- ¿Y cómo estás tan seguro? ¿Qué se siente? ¿Cómo sabes que un poquito no se ha quedado dentro de mí y en 9 meses voy a ser mamá? Soy muy joven para ser mama, ¿sabes? ¿Cómo puede ser que no te preocupe?
- Ummm, amor, ¿cómo puedes tener tanta energía? Ven aquí, vamos a dormir un poco.
- ¿Qué? ¿Dormir? ¡Te estoy diciendo que estoy preocupada y me dices que me duerma! ¡Oye… oye!!!!
- ¿Qué quieres?
- ¡Pues quiero ir a planificación familiar y que me digan que no estoy embarazada o que me den esa pastilla de la que se habla, la del día después! ¿Sabes? Esa que no te deja quedar embarazada…

Y así fue. Llegamos pasadas las 2 de la madrugada y no salimos hasta casi las 5 de la mañana. Había una fila interminable de mujeres, algunas con pareja y otras solas, todas angustiadas con la posibilidad de estar embarazadas.
Planificación familiar era un lugar muy concurrido en los ´90.

Entonces, nunca imaginé que escribiría un libro dedicado a  los problemas de infertilidad que sufre la generación del siglo XXI.
Hoy en día, la afluencia de parejas con problemas de infertilidad que acuden al IVI (Instituto Valenciano de Infertilidad) ha llegado a facturar en 2014 un total de 152,11 millones de euros.
En 2013 la tasa de infertilidad en España se situaba en el 17% de la población, con 800.000 parejas que tenían dificultades de reproducción. Una tasa que según el IVI iba en crecimiento.
Si hacemos una lectura no muy profunda, entenderemos que en los últimos 20 años, algo ha cambiado en la membrana humana, en la calidad de nuestra genética, en la calidad de pensamiento,  de las acciones, en la calidad emocional, en la visión, en la conexión con lo sagrado.
 El tiempo, las pausas y el ritmo.
 Las prioridades, los sueños, la fuerza y el impulso de la vida.
 La tierra, el aire, la comida.
 Los riñones, la sangre, la sexualidad y la natalidad orgánica.
Es verdad que el mundo está lleno de niños que no tienen la misma suerte que otros y necesitan un hogar. Es cierto que es un derroche traer al mundo niños biológicos solo para alimentar el ego, es cierto que ser padre o madre no es un título que se regala sino el símbolo a la entrega y el amor incondicional y, también es cierto que, gracias a la fertilización asistida muchas mujeres tienen la dicha de parir y ser madres y así, desarrollar amor, que tanta falta nos hace en el mundo.

Quedan 45 minutos para llegar a mi destino, 2600 metros al nivel del mar, Bogotá, la ciudad en la que nací.
Yo tan solo quería compartir este pensamiento, esta inquietud que forma parte de mi mente hace ya un tiempo y me ha impulsado a estudiar por dentro y fuera el cuerpo de la mujer, la herencia que nos dejaron y la que vamos a dejar con el fin de hacer de nuestro planeta un lugar de verdad.

Voy a cerrar los ojos, respirar y esperar.

Que la energía divina y creadora que todas llevamos dentro vea la luz.

pd. Estad atentas que esta semana os dejo una deliciosa receta festiva, sin azúcar y perfecta para la engreís de la mujer.

Metta

Natalia J. Restrepo

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