ZEN-TRO

Llevo varias semanas sin escribir, estaba fuera...

Los cuatro días que llevo en casa, los he usado para reorganizar las ideas, cambiar las mesas, las sillas y poner flores de colores que hasta ahora no había pensado en poner. Compré un pequeño pebetero y mezclé esencia de canela y de naranja para aromatizar la casa, que en mi ausencia se quedó desprovista de vitalidad.
Hoy, por fin, me siento en mi mesa de escritura, mi espacio sagrado, desde el que tengo una perspectiva amplia de mi casa.
Observo mi hogar, apacible, ordenado, dispuesto y, entonces,  exhalo profundamente con la intención de, por fin, pensar en todos los regalos que este último viaje me ha dado.

Viajar es tan importante para mí como comer bien.




Descontextualizarte, elevarte y descender a miles de kilómetros de la puerta de casa. Perderte y olvidar cómo hablas. Necesitar aún menos que la ropa que llevas en la maleta. Caminar por las calles de ese nuevo mundo y que todo, pese a que incluso pueda tener algún parecido con cosas que has visto mil veces, te resulte hermoso y te sorprenda.
Es curioso cómo le encuentras gracia y puedes sentirte una verdadera aventurera haciendo cosas que en tu ciudad y vida diaria te parecerían agotadoras e incluso insoportables. Lo pienso y me río…


Cierro los ojos, me observo… relajo poco a poco mi cuerpo y me quedo quieta, en ese estado de calma que cuesta tanto conseguir en esta vida frenética, y me gusta, y me gusta tanto, que abrir los ojos supone un riesgo, un asalto a la felicidad.
Siento los pies dormidos, las pulsaciones en las mejillas y me quedo ahí, con esa sensación de bebé lactante.

No sé cuanto tiempo pasó, porque es tan efímero que ya casi no le presto atención al tiempo, pero salí de mi embrujo sensorial cuando escuché como bajaban las persianas metálicas de las tiendas debajo de mi casa, y supe que era la hora de comer.

Cuando abrí los ojos, poco a poco fui enfocando en la distancia un cuadro que amo, regalo de Ana pascual, una amiga y artista que admiro, y desde él hacia a mí, nuevamente mi casa, que seguía igual, tranquila y ordenada. 

Entonces, me doy cuenta que podría hacer un ajuste en mi frase anterior, y decir que para mí es tan importante meditar como comer bien.

Volver al centro, al origen de todo observando que éste comienza cada segundo. Cada segundo hay un millar de posibilidades surgiendo frente y dentro de nosotros. Miles de partículas subatómicas surgiendo y desapareciendo construyendo y destruyendo toda nuestra estructura orgánica.

Cuando fui a hacer The work  con Byron Katie ([http://thework.com/sites/thework/espanol/]) me fasciné con la frase: ¿Quién serías sin tu historia?
Pensé que sería más espontánea, tendría menos complejos, conflictos, menos estructuras mentales que se han transferido a mi vida emocional creando un patrón de conducta del que a veces, aunque lo desee, no sé cómo salir. Hice un trabajo intensivo para esclarecer todo esto dentro de mí y llegué a conclusiones que hoy en día me permiten vivir mejor.
Sin embargo, en muchas situaciones en las que me he sentido alterada y que desde la parte intelectual he podido manejar, desde el centro de mi ser, desde el estómago y las vibraciones emocionales, no he podido sentirme igual de bien.

¿Quién serías sin tu historia?
...
¿Cuál es la historia de tu vida? ¿Cómo te sientes cuando piensas en la historia de tu vida? Y viene mi pregunta favorita, ¿existe dicha historia o existe tu interpretación de esa historia que tanto te gusta llamar tuya?

Me dejo caer, me estiro, me revuelco, me doy una ducha, me visto, me peino, me hago un té, vuelvo a mi mesa de escritura, observo mi casa, que ahí sigue… y vuelvo a escribir.

Sólo cuando cierras los ojos, sueltas las contenciones inertes del cuerpo y observas su realidad, puedes llegar a entender todo lo que estés dispuesta a entender.
Puedes acercarte a ti todo lo que estés dispuesta a acercarte e incluso puedes viajar tan lejos como estés dispuesta a viajar a través de todas las galaxias internas que te quedan por descubrir.

La meditación, que a mi entender es observar la realidad sin inventarla o disfrazarla, es la forma de no interpretar el presente sino de vivirlo. Es la forma de no darle emoción y cabida en la vida real a los pensamientos. Es la manera de fracturar los cimientos viejos que nos ciegan y nos hacen aceptar que las cosas no se pueden cambiar.

Qué regalo tan grande ha sido el viaje en sí. Porque a miles de kilómetros de la puerta de mi casa, maravillada con la exquisitez de lo nuevo, mi felicidad allí no fue diferente que mi felicidad aquí, ésa que tengo cuando entro en estado de bebé lactante y medito.

Gracias India, gracias Valencia, gracias Nacho, gracias vida, gracias Natalia de hoy, de ahora.


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Natalia Restrepo.

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